lunes, 3 de mayo de 2010

Magia coras y huicholes

La eficacia de la magia en los ritos coras y huicholes (wirrarica)
Para los coras y huicholes (El pueblo huichol se llama a sí mismo Wirrárika o Wirraritari en plural) de la Sierra Madre Occidental, conservar su religión consiste, antes que nada, en poner en práctica las acciones mágicas con las que sus antepasados crearon el cosmos. Esta magia cosmogónica esta presenta en todas las ceremonias agrícolas y ritos de curación, así como en la elaboración de cada uno de los objetos votivos.

Según la mística de la religión de coras y huicholes, la eficacia mágica de los ritos descansa en la creencia de que su práctica no es una mera repetición que conmemora las acciones divinas, sino un acto creativo original del que dependen efectivamente el mantenimiento y la existencia del cosmos.

Bailar y tejer

Uno de los objetos mágicos más importantes es el denominado “ojo de Dios” (cora: cha’anaka, huichol: tsikuri) un tejido concéntrico de forma romboide o hexagonal confeccionado con estambre, algodón o lana de borrego, montado sobre dos o más varitas, que representa, por una parte, la tierra y, por otra, un “instrumento para ver”. La elaboración de este tipo de objeto y uso en un ritual implica en sí la creación del mundo, pues la diosa madre tejió el primer tsikuri enrollando sus propios cabellos en las flechas de sus hijos, las estrellas. Cuando los dioses comenzaron a bailar encima de él, la superficie de la Tierra se extendió hasta sus confines. Cada vez que se baila en los patios la danza circular llamada mitote, el mundo rejuvenece porque se está tejiendo y desenvolviendo de nuevo. En otro nivel de simbolismo, en cuanto “instrumento para ver”, el mismo objeto ayuda a obtener visiones chamánicas. El mundo existe porque es soñado por quienes buscan nierika, el don de ver.

En vista de que los objetos mágicos representan la totalidad del mundo, las acciones rituales que se ejecutan con ellos, por más sencillas que parezcan, implican verdaderos actos cosmogónicos. Igual que el tsikuri, la jícara es un objeto cuyo uso ritual implica la creación del mundo. Como contenedora de las aguas originales y fuente última de toda fertilidad, la jícara es la matriz de la cual nacen todos los seres vivos. Por eso, para que los dioses puedan procrear la vida se les ofrendan jícaras en sus lugares sagrados. Entre los coras, cada ritual se inicia llenando la jícara ceremonial con agua, para crear el océano primordial, tras lo cual se vierten puñitos de pinole en su interior, los cuales son la isla que flota en el mar, la tierra sobre la que vivimos. En distintos momentos del ritual, se depositan ramos de flores en otras jícaras, los que representan la vida en el mundo de cada uno de los participantes; son, como dicen los huicholes, su xuturi o principio vital.

Juntar las aguas

Todos los objetos votivos elaborados en el ritual, luego de ser ungidos con la sangre sacrificial de venados, guajolotes, cabras o reses, son depositados como ofrendas en las moradas de los ancestros deificados, lugares sagrados ubicados en los cinco rumbos del cosmos. Los dioses requieren estos objetos para realizar sus quehaceres. Por ejemplo, las flechas votivas son las armas con las que las deidades astrales combaten a los seres monstruosos que amenazan con destruir el mundo. Las velas y ocotes son los postes con los que soportan el cielo. Los discos nierika son instrumentos para obtener visiones, a la vez que escudos con los que los dioses se defienden de sus enemigos en la lucha cósmica, aunque tambien protegen a los peregrinos que visitan los lugares sagrados y se enfrentan a los peligros que existen en ellos debido a la excesiva fuerza mágica que concentran.

El contra-don de los dioses es el agua –la lluvia y el agua sagrada que brota de los manantiales ubicados en los lugares habitados por los dioses. Los peregrinos la recolectan en pequeños frascos y botellas para llevarla hacia los patios de mitote de sus comunidades. Las ofrendas y la sangre, por un lado, y las aguas, por el otro, circulan por el cosmos siguiendo recorridos inversos, manteniendo con vida a los seres que la habitan: plantas, animales, hombres y dioses. Por otra parte, el rito de juntar las aguas sagradas de los diferentes rumbos del cosmos en las jícaras ceremoniales, se equipara con la llegada de la lluvia. Las diminutas porciones del agua recolectada se identifican con la abundancia que se espera de las precipitaciones veraniegas.

La magia es facilitada por un modo de pensar sui generis que opera en el contexto de los rituales religiosos privilegiando la síntesis sobre el análisis. Para este modo de pensar, el mundo no se disocia en partes, sino que se considera un ente vivo e indiviso. Los objetos mágicos concentran en sí la totalidad de la potencia de la que emana la vida, por eso los procesos que suceden a nivel del microcosmos ritual son ya, en sí mismos, los acontecimientos de la naturaleza. El tsikuri, la jícara y el patio de mitote son la totalidad del universo. Así que todo lo que sucede en el ritual, también sucede a nivel cósmico.

La propiciación de lluvia es quizá el tema más elaborado del ceremonialismo nayarita. El algodón, como imagen de las nueves, aparece en todos lo rituales coras bajo múltiples formas. Borlas de algodón se atan a las flechas o se depositan dentro de la jícara ceremonial. Igualmente el humo que sale de las pipas de tabaco de los viejos principales alude a la formación de nubes. Las palomitas de maíz que saltan del comal ritual en la fiesta huichola del Esquite también prefiguran las nubes que están prontas a llegar desde el oriente. Finalmente, el humo de la quema del coamil se transforma en las nubes de la lluvia, así que también se produce en los patios de mitote durante las ceremonias coras de la preparación de la siembra.

La sonoridad de instrumentos musicales como el tepu (tambor) y la tarima se asocian con el agua. Tanto el tambor cilíndrico como el tronco ahuecado que percuten con los pies en la danza, representan el “árbol de la lluvia”, el chalate, en cuyo interior, según los huicholes, se refugiaron los únicos sobrevivientes del mítico diluvio, la diosa Takutsi, el héroe cultural Watakame y su perrita negra, quienes en su huida llevaron consigo una brasa incandescente y las semillas de los principales cultivos.

La llegada de la lluvia también se escenifica dancísticamente. Entre los coras, la agrupación de danzantes conocida como urraqueros (be’eme) personifica a los dioses de la lluvia que llegan ataviados con velos multicolores de chaquira y largas plumas azules de urraca, ambos símbolos de la lluvia. Sus coreografías dibujan los movimientos arremolinados de las nubes; el sonido de sus sonajas imita el murmullo de la lluvia.

Una de las fiestas mas espectaculares del Gran Nayarit es la danza del peyote de los huicholes, donde se escenifica la llegada de la serpiente de las nubes desde el desierto oriental de Wirikuta. La serpiente fue soñada por los peregrinos durante sus visiones; colectivamente la fila de peregrinos se transforma en un cuerpo de ofidio, que en su danza circular pasa por todos los rumbos del universo para lavarlo y repartir semillas.

Cantar y peregrinar

Para que bailar, tejer y juntar las aguas sean acciones capaces de movilizar fuerza mágica, se requiere una concentración especial del pensamiento que sólo se alcanza mediante la práctica del sacrificio. Entre coras y huicholes la magia más poderosa es la del pensamiento, según esto, únicamente los chamanes y los ancianos saben pensar correctamente y provocar efectos mágicos. De entre todas las cosas mágicas, sólo las palabras y, de manera especial, los cantos rituales tienen una fuerza comparable a la del pensamiento. También los animales mágicos hablan, cantan y gritan. Con su canto ensordecedor la chicharra produce el calor y las lluvias del verano, por eso es la protagonista de la fiesta o mitote cora de la siembra.

La ejecución de los cantos de mitote coras y de los kawitu o cantos dialogales huicholes conlleva ya la realización de lo que es narrado. La etimología de la palabra kawuitu nos da valiosas pistas sobre la importancia del canto chamánico entre los huicholes (wirrarica). Kawi es la oruga que traza el camino de los peregrinos hacia el lugar del Amanecer, y kawitu son los “caminos de la oruga”, las narraciones mitológicas y, a la vez, las rutas de peregrinación. Andando esas rutas se recorren todos los puntos por donde pasaron los ancestros deificados, los kakauyarite –es decir, “los que traen huaraches”-, cuando crearon el mundo. El cantador tiene la fuerza mágica necesaria para revivir esa experiencia cosmogónica con su canto. Así como al final del camino la oruga se transforma en mariposa, la noche de canto chamánico culmina en la visión del Sol que nace en el cerro del amanecer.

Los astros son los seres mágicos por excelencia, pues nunca dejan de andar los caminos de la creación. En su recorrido rítmico a través del cosmos se transforman permanentemente sin detenerse, ni en la vida ni en la muerte. El Sol muere devorado en cada atardecer, transformándose en su propio adversario, la serpiente de mar. Bajo esta forma atraviesa las aguas de la noche del inframundo. Luego de recibir la sangre sacrificial que le ofrece el chamán, renace como astro diurno en el oriente. Así como la vida de los seres humanos depende del padre Sol, la vida los dioses depende del sacrificio y la magia rituales.

La magia, tal como se manifiesta en las tradiciones chamánicas de coras y huicholes (wirrarica), es un fenómeno religioso, no una ciencia falsa. Las explicaciones simplistas que la han caracterizado como una tecnología rudimentaria para la manipulación de la naturaleza, han demostrado su incapacidad para dar cuenta de la integridad de la cultura intelectual de estas etnias serranas.

Hechicería y curación

Así como la circulación de la fuerza mágica por los caminos de la creación da lugar al renacimiento y mantiene la vida, en estas religiones las enfermedades y la muerte expresan la pérdida de orientación o el estancamiento que resultan de las transgresiones rituales y de la brujería. Tanto los dioses que se “enojan” con la persona que falla en el cumplimiento de sus compromisos rituales como el hechicero maléfico utilizan flechas para inducir las enfermedades en el cuerpo del paciente.

En el primer caso, la curación, realizada por el mara’akame, consiste en negociar la reconciliación entre las deidades ofendidas y su paciente. La vara emplumada, muwieri, se utiliza para establecer el diálogo con los dioses. Éstos prometen retirar sus flechas siempre y cuando se les ofrezcan sacrificios, ofrendas y peregrinaciones a sus lugares sagrados. Chupando las partes afectadas, el chamán ayuda a extraer los objetos nocivos introducidos en el cuerpo, mismos que presenta bajo la forma de piedras y semillas podridas.

Los brujos depositan sus flechas de hechicería en las moradas de las deidades “atrapadoras de vida” y afectan a la víctima introduciendo en su cuerpo sustancias como polen del arbusto kieri o de maguey, que provocan “mareos” y desorientación. Los maleficios inscritos en el cuerpo de la flecha no se pueden deshacer, sólo se puede invertir su curso. El trabajo del chamán especializado en contra hechicería consiste en encontrar la flecha maléfica y mandarla de regreso al brujo que la fabricó o al cliente que la solicitó.

Tratar asuntos de brujería y contra-brujería requiere poderes especiales que no se pueden obtener a través peyote. Son muy pocos quienes incursionan en el solitario camino de la iniciación con el kieri, pues abundan los peligros y los sacrificios exigidos por esta poderosa deidad, también conocida como árbol del viento. Mientras logren cumplirle a este caprichoso patrón, pueden esperar riqueza personal, en dinero o como hatos de ganado, o el bien el don de la música y del arte.

Paulina Alcocer. Maestra en historia y filosofía de la ciencia por la UAM-Iztapalapa. Realiza una investigación doctoral sobre las teorías de la religión y de la magia de Konrad Theodor Preuss.