viernes, 18 de abril de 2014

Peyote, tesoro de los huicholes

                 

Más allá de los tópicos, esta planta divina es una fuente inagotable de energía, sabiduría y curación. El peyote se entreteje con todos los ámbitos de la cultura huichol, que se mantiene fiel a sí misma en las inaccesibles montañas de la Sierra Madre Occidental. Reservados ante los extraños, poco se sabía hasta no hace mucho de la relación de los huicholes con el peyote. “¿Cuando tienes visiones, son imaginaciones, cosas del interior?”, pregunto al joven maracame Julio Parra. “No, están ahí, en la realidad, lo que pasa es que sin peyote no lo podemos ver, pero con peyote sí lo vemos”.

Bajo un árbol que le resguarda del fuerte sol de verano, Julio Parra se prepara para unirse al trabajo comunal. Hombres, niños y mujeres se afanan sembrando maíz en la escarpada ladera. Lo hacen en fila, barriendo el terreno de abajo a arriba, todos al tiempo. Es un deleite verlos trabajar con sus vestidos de colores vistosos resaltando sobre el verde brillante del pasto. Se oye berrear a un bebé que cuelga de una tela atada a la espalda de la madre, que blande el palo como si estuviera sola. Palazo, agujero, semilla, palazo, agujero… Un hombre se acerca a Julio y sin siquiera saludar se sienta a su lado y le alarga un cacto de peyote. Julio lo toma entre sus manos y lo limpia. Tiene la forma de un cono al que hubieran truncado la mitad puntiaguda. Excepto el plano superior, que es el único que sobresale de la tierra mientras crece, todo el cacto está rodeado de raíces pilosas, tras las cuales se adivina el cuerpo lechoso y terso típicamente cactáceo. “No sé si tomarlo, porque si lo tomo me pongo contento y se me quitan las ganas de trabajar”, bromea. Pero tras arrancar varios surcos, se los mete en la boca y los masca con fruición. “¿Con eso que has tomado puedes tener visiones?”, le pregunto ingenuamente. Julio me mira y replica condescendiente: “Las visiones no te vienen por lo que tomes. Las visiones vienen sólo si el peyote quiere. Si el peyote quiere darte sabiduría, lo hará. Puedes tomar mucho y no tener visiones. Y al revés, puedes tomar poco y tenerlas”. “¿Y yo lo puedo probar?”, digo dejando entrever mi interés. “Te podemos dar un poquito”, pero lo dice poco convencido y acto seguido se levanta, dejándome con muchas preguntas en los labios, y se une al grupo de trabajadores.
El secreto de Sierra Madre

Historiadores y antropólogos coinciden en que los huicholes usan actualmente el peyote tal y como lo hacían sus ancestros cuando llegaron los españoles a América, hace ya quinientos años. Y eso que el catolicismo se empeñó en borrar de la faz de la tierra este puente de comunicación entre el hombre y Dios y su uso estaba perseguido y penado por la Inquisición debido a su relación con “rituales paganos y supersticiones”, que buscaban conectar a los hombres con espíritus malignos a través de “fantasías diabólicas”. En manuales para la conversión versión del siglo XVIII, para determinar si el aspirante indígena podía entrar en la organización católica, se establecían entre otras las siguientes preguntas: ¿Has comido carne de hombre? ¿Has comido peyote? ¿Has chupado la sangre de otros? ¿Has caminado durante la noche convocando la ayuda de los demonios? ¿Has bebido peyote o se lo has dado a beber a otros para descubrir secretos o el lugar donde se encuentran objetos perdidos o robados? Pese a la enconada persecución, coras, tarahumaras, tepehuanes, y muchos otros grupos indígenas norteamericanos, consumen habitualmente este cacto mágico que, sin embargo, adquiere su máxima expresión en la cultura huichol.
“¿Quién toma el peyote?”, le pregunto a Julio mientras caminamos montaña arriba. “¿Lo toman todos los huicholes?” “Sí, todos los huicholes, hasta los niños. Los niños pequeñitos lo toman desde que la madre está embarazada”. Julio avanza a pasos rápidos y cortos por la escabrosa orografía. “¿Y para qué lo tomáis?” “El peyote te enseña lo bueno y lo malo, para que no hagas pecados”, dice tajante, sin ahondar en las explicaciones.
De vez en cuando detiene su caminar rápido y saltarín y se agacha para recoger alguna hierba. “Estas hierbas son para la calentura”, y arranca un manojo. “¿Cómo has aprendido para lo que sirve cada planta?”, le pregunto. “Yo, todo lo que sé de maracame lo he aprendido a través del peyote. De plantas conozco cuarenta o sesenta variedades que sirven para curar de todo. El peyote me lo ha mostrado. Tomo peyote y me dice muchas cosas. El peyote y la tradición familiar”, concluye Julio.

Reanudamos la ascensión y llegamos a una explanada con dos casas de adobe y varios carretones. Una vista espectacular al poniente se abre sobre los barrancos. “Este es el rancho de mi hermana”, dice Julio, y descubro en el quicio de la puerta a una mujer rodeada de cuatro mocosos con aspecto enfermizo, semidesnudos, llorosos, lamentándose y gimiendo. El sol dora la escena, que contrasta con el verdor de las montañas de alrededor. Es una imagen de patética miseria dentro de la belleza y el color de la sierra. La madre saca de un paño a su bebé y lo ofrece al maracame, que se inclina sobre el cuerpecito y posa su mano sobre el torso mientras ora, concentrado. Le aprieta el tórax con las manos, luego se inclina hacia el pequeño pecho, lo chupa y después lo absorbe. Se da la vuelta y escupe un gargajo blanco y consistente; parece chicle pero no lo es, tampoco parece un gargajo en realidad. Repite este gesto varias veces y en una de ellas ese extraño cuerpo blanco golpea el muro de la casa y justo desde el punto en que choca inicia su vuelo una mariposa que se detiene metros más allá. A mí me ha parecido que el gargajo al golpear la piedra se ha convertido en mariposa, aunque eso es físicamente imposible. Julio observa atentamente la trayectoria de la mariposa, como si pudiera obtener alguna información valiosa. El bebé continúa llorando sin consuelo. Julio termina su limpia y se separa emocionado, con lágrimas en los ojos.
               
                              

La voz del jíkuri

La vida y la muerte se encuentran por la noche alrededor de Tatewari, el Abuelo Fuego, uno de los dioses principales en el complejo entramado mitológico de los huicholes. “Esta noche vamos a preguntarle al peyote qué podemos hacer para salvar la vida del niño”, es lo único que dice Julio, apesadumbrado, acerca de lo que va a pasar. Su cuñado, cuyas ropas blancas tienen bordados dibujos de animales sagrados, enciende el fuego alrededor del cual se va a cantar. Es el padre de la criatura enferma. A su lado está la esposa y madre, la hermana de Julio, que apila mantas frente al fuego, donde tiende al bebé, que llora penosamente con un gemido lastimero, como de cachorrillo. Ella tiene asimismo gesto grave mientras trata de calmar el triste lamento del bebé, que se extiende por la montaña sin encontrar alivio. El suegro de Julio, un hombre de rostro profundamente surcado, seco, es esta noche el cantador, el que a través de su voz, ruda y cavernosa, va a conectar con los espíritus. Enseguida aparecen varios cactos y tras limpiarlos los van engullendo. Los tres hombres, que forman un triángulo frente al fuego, están absolutamente concentrados en las evoluciones de las llamas, leyendo sus mensajes, y envueltos en mantas que les protegen del frío aire que sopla, mascan peyote. Un niño va moviendo maderos candentes y recolocándolos en la hoguera con gran habilidad. Luego llega otro y juega a coger el fuego, literalmente, con las manos, y después se lo pasa por la cabeza. Lo hace consigo mismo y conmigo, que miro alucinado. Pronto los niños desaparecen. Los tres hombres siguen extasiados en la contemplación del fuego, con los carrillos hinchados por el cacto. Confirmo la intuición de que mi presencia no es deseada cuando, al poco de comenzar la ceremonia, Julio se dirige a mí para decirme: “Ya es hora de que vayas a descansar”. Desde el carretón al que me retiro escucho la voz cavernosa del cantador, que rasga la noche hasta que se hace el día.
A la mañana siguiente, en la cara de Julio se dibuja la máxima expresión del pesar. “No he dormido nada”, me dice. “Hemos estado toda la noche junto al fuego, cantando. Mi sobrinito, el hijo de mi hermana está muy malo. Ayer lo llevaron al médico y parece que va a morir. Eso nos dijo el peyote también”. Pero la vida sigue y esta mañana va a tener lugar una ceremonia muy importante para la prosperidad de la familia de Julio. Después de trabajar durante días en el sembrado de su milpa esta mañana Julio y su familia, incluidos su bebé y los dos niños pequeños, su hija y su yerno, caminan montaña abajo durante cuarenta minutos hasta llegar al terreno para, todos juntos, orar por el éxito de la siembra. Julio muestra esa cara suya de pesar que le acomete a menudo. Para combatirla saca de su morral colorido una planta de peyote y comienza a limpiarla. “Cuando tomas una noche peyote, si no tomas al día siguiente, estás triste, bajo de energía. Además, como he estado toda la noche sin dormir, ahora necesito tomar, porque me da fuerza”, dice mientras le pega un bocado al cacto. Santos, el yerno, un joven sonriente y alegre, agrega: “Mi padre toma peyote todos los días, y el día que no toma le duele mucho la cabeza y tiene que tomar”. Mientras, Julio ha comenzado a consagrar las jícaras ceremoniales. Las jícaras son cuencos hechos a partir de una cáscara de calabaza partida por la mitad. Serán enterradas con un grano de maíz, del que crecerá una planta que cuidarán con especial atención. Después de orar, Julio pide a cada uno de los miembros de la familia que las coloquen en los agujeros, mientras agita su lanza con pluma y recita sus oraciones ensimismado otra vez. “Yo me concentro mucho y entonces…”, se va, pero no es capaz de explicar en español cómo entra en trance, ni por qué, ni adónde llega. Y continúa con sus rezos. Y llora.      


La tristeza es un rasgo característico de los maracames huicholes, quizá originada por algún tipo de certeza de fatalidad, quizá producto de las duras condiciones de vida que imperan en las montañas que separan los estados de Nayarit y Jalisco. Aunque no siempre fue así. Antes de la llegada de los invasores europeos, los huicholes habitaban los fértiles valles de Tepic y las suaves costas del Pacífico. Como eran las tierras más adecuadas para la explotación económica, fueron rápidamente sometidas por los europeos, y los huicholes, para no ser expropiados de sí mismos, se retiraron al inaccesible entramado de barrancos y montañas de la Sierra Madre Occidental, su Tierra Sagrada.
La Tristeza, y no es casualidad, es también el nombre de un centro ceremonial que Julio me lleva a visitar. A La Tristeza acuden los habitantes del Rancho Cebolletas, donde vive Julio, y de otros puntos alrededor. Es una explanada protegida por las imponentes montañas. Consta de tres casas de adobe, de gran sencillez. También hay un muro semicircular destinado al sacrificio de animales. “Mira la sangre seca”, me indica, y es cierto que huele a despojos podridos. “Anoche estaban borrachos, de fiesta. La otra vez que hicimos fiesta hubo varias personas que no se acordaron de dónde había sido”, ríe burlón. “Aquí se viene por la mañana, se canta, se baila, se come peyote, se sacrifican animales, se bebe tejuino hasta que nos emborrachamos”. El tejuino es una bebida alcohólica obtenida a partir de la fermentación del maíz. ¿Por qué y cuándo se hacen fiestas?, le pregunto. “Cuando queremos”, contesta extrañado, como si no pudiera ser de otra forma. “Las fiestas son siempre espirituales, religiosas”, concluye. Luego, antes de irnos, coge dos palos, me alarga uno y los tiramos a la hoguera apagada.
Ofrendas, peregrinaciones, lugares sagrados

“Tengo un poco de sueño y cansancio”, dice Julio otro día mientras nos dirigimos hacia Tirikie, uno de los centros de peregrinación de la tradición huichol. “¿A que no sabes lo que tengo para el sueño y el cansancio?”, y nos reímos todos porque simultáneamente de la bolsa saca media planta de peyote y la mira con deseo. Ángel y él intercambian unas palabras en huichol. “Mejor tomarlo arriba”, zanja Julio. Ángel, el cuñado de Julio, que hoy nos acompaña, trae consigo un rústico violín que rasga mientras caminamos. Seguimos subiendo hacia lo alto de la montaña, hacia el lugar sagrado. En la cumbre, encontramos una explanada protegida al occidente por una suave pendiente y abierta al oriente. En esta dirección se alzan enormes peñascos redondeados por siglos de erosión, peñas desunidas y desnudas, que se apoyan unas en otras, y que crean un espacio natural catedralicio, que impone un sentimiento de mística reverencia. “Aquí la gente viene a dejar sus ofrendas desde todas partes. Todos los huicholes vienen aquí desde muy lejos. Aquí, donde estamos, sacrifican su borrego y se van”, explica el maracame.
Nos internamos por un estrecho pasaje en la intrincada y laberíntica red que han generado las peñas derrumbadas. El primer pasaje desemboca en una oquedad. Por encima de nuestras cabezas queda el cielo, alrededor hay grandes rocas lisas y verticales. El centro de este reducto lo ocupa un altar para dejar ofrendas, un altar otrora cubierto por un techo de paja del que sólo quedan los palos de la estructura que lo sostenían. El altar está tapizado por velas, jícaras, monedas, figuritas de animales sagrados tallados en madera, lazos, y toda una serie de objetos que han ido dejando los peregrinos. También hay basura alrededor: envases diversos de comida y bebida. Julio se sienta frente al altar y se pierde en un estado de ensimismamiento característico.
Entre las ofrendas, Julio ha encontrado un peyote polvoriento. “¡Que suerte!”, exclama Ángel. Tomarlo y limpiarlo es todo uno. A mí me choca que hayan tomado la ofrenda que otra persona ha dejado. Julio reza y llora alternativamente. Luego se dedica a limpiar un trozo de peyote y lo masca con fruición, almacenándolo en su carrillo, de donde irá obteniendo poco a poco el jugo mágico. A su vez Ángel termina de limpiar el que ha encontrado y se lo da al maracame. Ángel toca notas independientes entre sí que marcan nuestro estado de ánimo. Julio le mete en la boca un buen pedazo de peyote. Luego se dirige a mí. “¿Quieres probar?” Claro que quiero, es la primera vez que me ofrece. Me alarga un surco, una pequeña parte del cacto, del tamaño de un gajo de naranja. “¿Me puedes dar más?”, le pregunto. Me mira serio y deniega tajantemente. “Eso es suficiente”. Ángel a mi lado ríe y apunta: “A ver si te van a dar ganas de vomitar”. Pero tercia Julio, solemne: “No, su cuerpo quiere conocer, no le va a hacer daño”. Me lo meto en la boca y mastico lentamente. “¿Qué me va a pasar?”, le pregunto. “Lo vas a ver y oír todo bien clarito, y el pensamiento te va a funcionar muy bien, bien clarito. Y te va a dar mucha energía”. El sabor es amargo, la pulpa es jugosa. Lo retengo en la boca, lo chupo, espero. “Es sólo un poco, para que te vayas acostumbrando”, explica Julio. Pasan los minutos. Comienzo a notar como si un velo hubiera desparecido de mis ojos, de mis oídos, de mi entendimiento y percepción. Escucho los pájaros piar en la lejanía. Me fijo en detalles en los que no había reparado. Ángel, que también tiene el moflete hinchado, se ha callado hace rato y sólo se manifiesta a través de su violín. Sus notas, pese a ser disonantes, a no provenir de una armonía común, suenan bien, al azar, tocadas en intervalos irregulares. Se está produciendo un ligero cambio en mi percepción y en la comunicación entre nosotros. Me descubro admirando la intensidad de los verdes, de los morados, de la tierra. Me fijo en una oruga negra que puebla las hojas del lugar en el que descansamos. Con la dosis que me ha dado Julio, poco más.

En su valiosa obra, Las plantas de los dioses, Albert Hofmann y Richard Schultes muestran su admiración por esta planta legendaria: “Se produce un juego caleidoscópico de visiones coloridas de indescriptible belleza. Se perciben destellos y centelleos de colores, cuya intensidad y pureza desafían cualquier descripción. Frecuentemente las visiones son una secuencia que va de figuras geométricas a objetos extraños y grotescos cuyas características varían de un individuo a otro”. Sin embargo, para alcanzar tal nivel de embriaguez, no basta con tomar uno o dos surcos. Ni siquiera una cabeza. Aunque depende de muchos factores, es preciso ingerir cuatro o cinco cactos enteros antes de empezar a sentir un cambio agudo en la percepción. Hay quien asegura haber comido durante días antes de descubrir la maravilla.
La llave del tesoro es una molécula que contiene el cacto y que es capaz de desencadenar asombrosos cambios bioquímicos y de percepción: la mezcalina. Sintetizada por primera vez en 1896 por Arthur Heffter, un farmacólogo alemán, resulta que esta molécula tiene una estructura prácticamente idéntica a la de un importante neurotransmisor del cerebro: noradrenalina. “Esta asombrosa relación puede ayudar a explicar la potencia psicotrópica de los alucinógenos”, apuntan Schultes y Hofmann. “Como tienen la misma estructura básica, pueden actuar en los mismos sitios del sistema nervioso que las ya mencionadas hormonas cerebrales, como si fueran llaves que abran un mismo candado. El resultado es que las funciones psicofisiológicas asociadas a estas zonas del cerebro se ven alteradas, suprimidas, estimuladas o modificadas de una u otra manera”.
Pero lo que sólo en las últimas décadas han venido a descubrir los estudiosos occidentales, son tesoros del conocimiento que guardan con celo los maracames huicholes, de generación en generación, desde tiempo inmemorial. Hubo una época en la que esta tradición se vio amenazada por una cruz sombría. Hoy la amenaza es representada por los carteles publicitarios de oscuras gaseosas que, por supuesto, han llegado también a esta recóndita parte del planeta.

1 comentario:

Alejandra Bermudez dijo...

HOLA MI NOMBRE ES ALEJANDRA, AGRADEZCO QUE SE PUBLIQUE ESTE TIPO DE INFORMACIÓN LA CUAL NOS PONE A REFLEXIONAR ACERCA DE LAS RIQUEZAS DE NUESTRO PAÍS Y QUE DESGRACIADAMENTE NOSOTROS MISMOS COMO HUMANOS ACABAMOS CON ELLA, ES UN TRISTEZA QUE EXISTA GENTE INDIFERENTE A ESTO, Y QUE EL MALDITO GOBIERNO NOS JODE CADA VEZ MAS EN VEZ DE AYUDAR A ESTAS CULTURAS, SUGIERO QUE SE DIFUNDA MAS INFORMACIÓN ACERCA DE ESTAS CULTURAS Y SITUACIONES DE FORMA GRATUITA, YA QUE HAY UNA PELÍCULA ACERCA DE ESTE TEMA LA CUAL NO PUDE VER. MUCHAS BENDICIONES PARA EL PUEBLO HUICHOL.